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Sin embargo, con embargo

Lo escribí allá, pero tenía que mencionarlo acá.

Prostitución académica

Un pequeño experimento que estoy haciendo para ver si me da para ganar un premio que ofrecen por ahí. Si no, por último para desahogarme de vez en cuando de mi ritmo académico medianamente alto.

Malditas lucas que faltan.

El Prostíbulog

Se me apareció marzo

Terminan las vacaciones y ya comienzan las actividades habituales (académicas). Desde el miércoles me veré enfrentado a cuatro ramos + dos ayudantías + pega ocasional. Con tal lista, es obvio que tendré que afirmarme desde el principio y planificarme adecuadamente para no morir en el intento.

Entre las cosas que veo venir, están:

  • No terminar (no empezar) mi sitio web
  • Escribir poco en el blog (pero eso no es novedad, jejeje)
  • Cansancio
  • Seguir leyendo algunos temas web de mi interés (web semántica, CSS, DOM, CakePHP, Wordpress)
  • Problemas monetarios

Mañana empiezo con algunos trámites y reuniones previas al boom del miércoles, como para calentar los motores (que ya vienen en marcha, pues trabajé 6 de las últimas 8 semanas).

Buen año a todos los que empezamos.

¿Aló? Le traigo noticias

Hoy día me llamaron de la U. Mi mamá contestó, y estaba toda emocionada.

Era para recordarme —una vez más, como ya lo han hecho por otros medios— que debo plata, que si no pago no puedo tomar ramos (cosa que además he podido notar al intentar tomar ramos), que los intereses, que los reajustes.

Esta vez, eso sí, me avisaron que si no inscribo ramos dentro de este período (que acaba el 17), puedo hacerlo en marzo, lo cual podría complicar mis posibilidades de ser aceptado en algún curso numeroso… ah, y todo esto previo pago de 1 U.F. de multa.

Cuando fui al DASE a pedir ayuda sólo me ofrecían diversas formas de pago (facilidades, les llaman). “No puedo pagar”, les dije, “vengo a pedir ayuda, no pago en cuotas”. ¿La respuesta? “Mira, podemos ofrecerte una repactación en tres cheques…”.

Ese día medio agradecí, y salí caminando en silencio. Hoy dije que me tenían aburrido con sus advertencias inútiles, y corté con brutalidad.

I do seek…

  • En OS X (Tiger, al menos) el navegador por defecto del sistema hay que configurarlo en el navegador que viene de fábrica en el sistema. Extraño.
  • En principio, el título de este post no tiene nada que ver con el contenido del mismo. En final, tampoco.
  • Aprovechando de vomitar toda la mierda que se acumuló en algún momento. Pero mentira, porque todavía queda(rá).
  • Necesito plata. Si alguien quiere comprarme el Mac Mini, avise. Si alguien quiere salvar mi Mac Mini, puede declararse mi mecenas, pagar las ciento sesenta lucas que debo a la U y con eso puedo estudiar otro año. Ni hablar de mis otras deudas.
  • Notable. Realmente. Al principio dan ganas de que vaya más rápido. Al final dan ganas de que la música no se acabe (gracias elque).
  • Malditos catálogos navideños que hacen que el diario pese el doble. Además, no tengo $799,990 pesos para una tele con regalos y encima un ahorro de 100 lucas, señora.
  • Compra compra compra compra compra compra compra compra compra copmpra cpomra cpomarp cpomra pcpomarp ocpaomrap pco arpo cpomarp oacpomapr pcao aprom c, es lo que dicen.
  • Refrescante semana en Lo Contador. Tampoco salió todo como debía, pero los errores fueron debidamente apuntados, y “no descartamos la posibilidad de una versión 2.0″ del asunto.
  • Notable próximo miércoles en Lo Contador. A preparar preguntas.
  • Quiero café. Suave-amargo + [ vainilla o canela ] + abundante crema + aroma + poca azúcar + galletas blandas untadas + música ambiental + [ ( libro abierto ) o ( cuaderno y lápiz ) o ( moleskine y pluma ) o ( persona y conversación ) ].
  • Notable lo que es posible hacer con la mente. Notable lo que es posible hacer con las ideas.
  • Bostezo, pero no quiero dormir. Duermo, pero no quiero despertar. Sueño; quiero despertar. Amanecer llorando es toda una experiencia.
  • Novela finita versus blog infinito. Cuentos finitos-finitos y microcuentos finitos-finitos-finitos. Blog infinito tiende a sucesión decreciente y acotada. Por lo tanto convergente.
  • Hermes premia: LONK (gracias Romina). Qué peliculón ese Children of Men, pero todavía no la veo tres veces. Y vamos, que Cuarón no lo hizo mal en Hoggy Potter 3, sobre todo después de cómo venían las dos primeras.
  • Voy a editar unas historias que alguien —supuestamente— va a escribir. Alguien: has de saber que ciertas otras historias tienen tanto o más merecimiento, aunque entiendo que a la vez provoquen tanto o más resquemor. Como dice Skármeta: “a fin de cuentas, lo más cercano que tiene el escritor para inspirar sus historias, es su realidad misma…” (ni tan textual, pero es la idea).
  • ¿Y qué tanto?

Miel en labios III

Ayer, como antes, el panorama extraño resultó familiar. Ese abrazo espontáneo que hace encajar nuestros cuerpos a la perfección, esa posición de nuestras mejillas que se acarician en silencio con cada suspiro, ese caminar conversado risueño pausado acariciado interrumpido abrazado besado disfrutado sonreído agradecido.

Ese confirmar que hoy, como ayer, tus labios son el único refugio que tengo.

Aquellas rarezas

También la gente les llama obsesiones, y otros dicen que uno psicosea con la cuestión. El asunto es que todos en algún momento tenemos costumbres que escapan a la usanza habitual, por razones que ni uno mismo entiende ni aventura.

Algunas de las mías:

  • En el Paseo Ahumada camino inevitablemente lento.
  • Vitrineo librerías, pregunto por libros y me retiro del local.
  • El volumen de la tele, radio, reproductor portátil o similar siempre va en un número par.
  • El contenido máximo que acepto en los bolsillos de mi pantalón es el celular. Si estoy en una biblioteca de la U, además puedo llevar la credencial (que me permite salir y pedir libros).
  • Ocasionalmente compro cuadernos y libretas de notas que nunca completo.
  • Nunca estoy satisfecho con mi caligrafía, ni con mis resultados académicos.

El lector queda invitado a compartir algunas de sus excentricidades.

Miel en labios II

Había sido una de esas visitas intermitentes con las que me sorprendía por segundo verano consecutivo. Los mil cuatrocientos kilómetros que separaban nuestras vidas no impidieron que durante el año el uno estuviera al día con el otro. A los dieciocho años había descubierto —al fin— una utilidad para el teléfono y el correo electrónico. Además nos escribíamos cartas.

Tras una agradable tarde de parque y conversaciones me acompañó al paradero a esperar la micro. Había bajado ese frescor característico que antecede a ciertas noches de verano, así que caminamos abrazados y permanecimos así un par de minutos. Cuando me hizo notar que la micro que se acercaba decía Maipú elaboré mi mejor cara de frustración, le dije que ese recorrido se iba por un lado peligroso, y que ni siquiera me dejaba cerca de casa.

Los minutos pasaban y mi falsa impaciencia crecía al ritmo de una moderación inteligente, que me permitía a la vez parecer interesado en la locomoción colectiva y en la conversación que había surgido en la espera. Con frecuencia acompañaba mi parlamento con gestos, más en respuesta al frío que en señal de extroversión. No sé cómo ni sé en qué momento nos abrazamos nuevamente, pero la tibieza comenzó a expandirse al instante, así como las voces callaron y el entorno se hizo difuso.

“Ahí viene la micro”, dije después de un tiempo incierto. La besé en la mejilla con suavidad, y alejándome apenas le pedí que volviera a visitarme pronto. Sólo sonrió, y se acercó a replicar el besito que ella había recibido primero, sin evitar que corriera mi cara para rozar con mis labios los suyos y retirarlos de inmediato sin lamentar el accidente.

Nos miramos con incertidumbre, y firmamos así el contrato que nos obligaba a reunirnos la próxima vez que nuestros destinos nos juntaran en la misma ciudad. Sería otro día de parque, donde no nos abrazaríamos ni besaríamos hasta pasadas unas horas. La conversación se habría apagado inconsciente, y el arder de nuestras llamas primerizas nos impulsaría entonces a acercarnos con algo de timidez, acomodarnos con algo de torpeza, sonreír con algo de rubor y dejarnos llevar con algo de esperanza y futuro dando vueltas en el pecho, despertando los sentidos al nuevo amanecer.

Ninguno hablaría jamás de lo que pasó esa tarde en el paradero.

Continuará… (¿Continuará…?)

Miel en labios

La cuenta regresiva había comenzado, así que corríamos en todas las direcciones imaginables, dentro de las no muchas que ofrecía la casa. Yo salí por la puerta principal hacia el jardín que da a la calle, y H. salió inmediatamente después.

Me tomó de la mano al vuelo y corrí impulsado por sus pasos firmes, que nos dirigieron a un cuartucho lleno de diarios amarillos, un escritorio cubierto de polvo y espacio para uno, o dos apretados. Cerró la puerta, y el mundo enmudeció. Sólo nuestras respiraciones agitadas rompían la solidez del ambiente hasta entonces inquebrantable. Atrás quedaba el juego, y no sabía por qué estaba ahí.

Puso mi mano en su nuca, debajo de su pelo, y pude sentir su aroma y suavidad. Comenzó a acercarse. Incómodo ante el choque inexorable, cerré mis ojos y escuché los gritos y traqueteos de gente corriendo y empujándose, intentando volver de alguna manera a la diversión original y cándida. Sin embargo, la sensación de una palma pequeña y fría acariciando mi mejilla cerró mis oídos y abrió mis ojos. Observé por primera vez sus pecas y sus mejillas, sus ojos brillantes, sonrientes, y su pelo crespo. Una corriente subió por mi espina. Noté que sus labios estaban peligrosamente pegados a los míos.

El sabor, que no conocía, lo supe de inmediato.

Cuando sus yemas presionaron mi cabeza no quise volver a separarme de ella. Nos miramos una última vez antes de volver a sumirnos en un beso adolescente, con la voluntad de hacerlo eterno en tiempo y en espacio.

Continuará… (¿Continuará…?)

Recuerdos de un futuro pasado

Cuando la cosa no anda bien, la esperanza se alberga en pensamientos livianos y canónicos como “ya vendrán mejores días”. Se sienta uno en el sillón o da vueltas en la cama recordando los mejores días pasados, ésos que alimentan la ilusión de que la felicidad y la despreocupación es posible. Incluso que no es tan difícil.

Hace unos años solía pasar tardes enteras sentado en una banca, conversando nimiedades con gente que iba y venía de clases y oficinas. Se sumaban algunos durante bloques horarios completos, aportando incongruencias a la sarta de leseras que entre tema y tema habían madurado y tomado las formas más diversas.

Cada cierto rato caminábamos un poco, ya fuera para acompañar a alguien a su sala, comprar un pan en el quiosco o atestiguar de cerca las salidas de clases masivas, evento periódico mas siempre singular donde el ejercicio consistía en fijar la mirada en una persona a la vez, disfrutando de su belleza y fantaseando en un sano sentido (todavía había [algo de] inocencia), riendo y discutiendo bizantinamente sobre la ganadora de turno.

A alguna hora decente para el almuerzo decidíamos almorzar, o sea, en algún momento entre el mediodía y las cinco de la tarde. Con el mismo azar (noten la sutileza) resolvíamos entrar a clases, y a veces qué libros tomar de la biblioteca (¿alguien dijo método práctico para aprender chino bajo el estándar de 1965?).

Las preocupaciones más grandes eran el llenado de la micro y tener el estómago no lleno, pero satisfecho. Ocasionalmente había tareas y pruebas, ceremonias a las que se asistía con la frente en alto y un dejo de altivez, y de las que se salía con la frente en alto (debido al orgullo) y un dejo de autodecepción (debido al resultado). Como de todas maneras a los veinte minutos de terminada la prueba todas las respuestas habían sido debidamente conversadas, la conciencia volvía a la tranquilidad habitual, no la de “he estudiado harto pero no lo pude hacer”, sino la excusa tirada a mediocre de “si me fue así no habiendo estudiado, me hubiera ido super bien si al menos tuviera la materia”.

¡Si al menos tuviera la materia…! Bueno, esa excusa persiste en el tiempo, así que no profundizaré.

Dan ganas de repetir esas instancias. Tal vez perdiendo menos tiempo, tal vez con menos frecuencia, pero con esa misma sensación de abstracción, el mismo placer de ver la gente pasar quedándose uno detenido. Los mismos completos con bebida a media tarde.