Había sido una de esas visitas intermitentes con las que me sorprendía por segundo verano consecutivo. Los mil cuatrocientos kilómetros que separaban nuestras vidas no impidieron que durante el año el uno estuviera al día con el otro. A los dieciocho años había descubierto —al fin— una utilidad para el teléfono y el correo electrónico. Además nos escribíamos cartas.
Tras una agradable tarde de parque y conversaciones me acompañó al paradero a esperar la micro. Había bajado ese frescor característico que antecede a ciertas noches de verano, así que caminamos abrazados y permanecimos así un par de minutos. Cuando me hizo notar que la micro que se acercaba decía Maipú elaboré mi mejor cara de frustración, le dije que ese recorrido se iba por un lado peligroso, y que ni siquiera me dejaba cerca de casa.
Los minutos pasaban y mi falsa impaciencia crecía al ritmo de una moderación inteligente, que me permitía a la vez parecer interesado en la locomoción colectiva y en la conversación que había surgido en la espera. Con frecuencia acompañaba mi parlamento con gestos, más en respuesta al frío que en señal de extroversión. No sé cómo ni sé en qué momento nos abrazamos nuevamente, pero la tibieza comenzó a expandirse al instante, así como las voces callaron y el entorno se hizo difuso.
“Ahí viene la micro”, dije después de un tiempo incierto. La besé en la mejilla con suavidad, y alejándome apenas le pedí que volviera a visitarme pronto. Sólo sonrió, y se acercó a replicar el besito que ella había recibido primero, sin evitar que corriera mi cara para rozar con mis labios los suyos y retirarlos de inmediato sin lamentar el accidente.
Nos miramos con incertidumbre, y firmamos así el contrato que nos obligaba a reunirnos la próxima vez que nuestros destinos nos juntaran en la misma ciudad. Sería otro día de parque, donde no nos abrazaríamos ni besaríamos hasta pasadas unas horas. La conversación se habría apagado inconsciente, y el arder de nuestras llamas primerizas nos impulsaría entonces a acercarnos con algo de timidez, acomodarnos con algo de torpeza, sonreír con algo de rubor y dejarnos llevar con algo de esperanza y futuro dando vueltas en el pecho, despertando los sentidos al nuevo amanecer.
Ninguno hablaría jamás de lo que pasó esa tarde en el paradero.
Continuará… (¿Continuará…?)
