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Pensamientos dieciocheros
Por Jano - Extraordinario, Universidad - 20/Sep/2009
Tengo algunas ideas dando vueltas respecto del 18. La primera de ellas, y probablemente la más importante, es que volvió, en gloria y majestad, la siguiente foto a la portada de www.uc.cl:

El alumnado UC celebra el 18 a su manera
Lo único que se me ocurre es compadecer al flaco de azul. Supongo que no tuvo la culpa. En cuanto a la señorita, sencillamente no puedes tener tan mala cueva estrella como para que te tomen esa foto, y encima la pongan año tras año en la página de la U. Supongo, de todas maneras, que le hace justicia al ambiente de fiesta que se vive en el campus, ¡ja! Por cierto, aquí hay otra foto que me impresiona.
Un segundo pensamiento —que está dirigido a unos pocos que lo entenderán— es que hoy, 20 de septiembre de 2009, estoy celebrando mi independencia lineal de los vectores canónicos. Ya habrá tiempo de conversar de estupideces y otras cosas menos importantes, como la recién mencionada. Para el lector poco avezado, baste con decir que de particular importancia son las palabras «independencia» y «canónicos».
Eso, tenía varias cosas para decir, pero las olvidé en el camino.
De volantines y puñetazos
Por Jano - Extraordinario, Sociedad - 18/Sep/2009
Hace un rato llegué del Parque O’Higgins. Fui invitado por una vieja amiga a saborear el ambiente dieciochero, y un pedazo de carne o dos, por lo que hoy caminé hacia la Alameda y tomé el metro hacia Los Héroes. El mar de gente que salía hacia Avenida Matta era feroz, pero me las arreglé para sortear con rapidez los obstáculos, que consistían principalmente en carritos exprimidores de naranjas y un quiosco cerrado.
Una vez en el parque, y tras ganarle a la segunda dificultad del día (encontrarse con alguien ahí dentro), compré un volantín y un carrete de hilo. La última vez que había hecho lo mismo, hace varios años ya, los carretes eran de madera y de fabricación nacional. Supongo que el de ahora, plástico y fabricado en China, hacía juego con la bandera de Japón dibujada en mi volantín. Además en esos años los volantines no traían los tirantes hechos, lo que requería una técnica adecuada. Yo la aprendí de mi papá. Atrás quedaron, parece, los palitos de fósforos, las palmas, las cuartas, y sobre todo el ensayo y error que significaba atar todos los nudos hasta que el volantín mantuviera un perfecto equilibrio cuando se dejaba colgando.
Echarlo a volar fue como un reencuentro. El carrete, en el pasto, bailaba entusiasta mientras yo daba y daba hilo, viendo feliz cómo el sol naciente se hacía más pequeño, elevándose en el Este poco a poco. El roce del hilo en mis manos me sumió en recuerdos de niño. De pronto estaba en Melipilla, en el campo de mi abuelo, tenía diez años tal vez, y miraba alto y lejos, al mejor volantín que jamás tuve. Su fondo negro se distinguía a la distancia, pero su pequeña colección de planetas y estrellas no. El carrete tiraba con fuerza, girando rápidamente, y mis ojos no se despegaban del punto negro que rompía el azul uniforme de media tarde. El hilo seguía y seguía saliendo, y mi volantín se seguía alejando.
De pronto la tensión había desaparecido, y yo había vuelto a la realidad. Había terminado de dar los 600 metros de hilo que tenía, un evento único y para el que no estaba preparado. Bajé la vista y ahí, delante mío, inalcanzable, se escapaba la punta que nunca amarré al carrete, pensando, tal vez, que jamás utilizaría tanto hilo. El volantín voló hasta desaparecer, mucho más allá de mi alcance. Quizás se estrelló finalmente contra un espino, o quizás se elevó hasta camuflarse en el firmamento que representaba su dibujo.
De vuelta al parque, otra tensión se había acabado. Mi inocente banderita nipona fue cruelmente liberada por un volantín anónimo cuyo hilo curado se cruzó prepotente. Mecánicamente recogí el hilo, y aunque lo volví a intentar, tuve todavía menos suerte, estrellando otra bandera contra el cemento.
Acabada esta ceremonia partimos en busca de comida. Caminamos entre comerciantes, músicos y mucha, mucha gente. Sorteamos carros a pedales, llamas y más volantines, y de pronto nos encontramos frente a la fonda oficial. Pasamos, nos sentamos, y pedimos. Mientras duraron los 50 minutos de espera conversamos despreocupadamente. En algún momento pregunté si acaso se agarraban a combos en la noche por ahí. La respuesta llegó demasiado pronto, pues no más de un minuto después noté cómo dos mozos se iban a las manos cerca de la cocina. Empujón aquí, empujón allá, y uno que otro puñetazo al aire o más abajo, y si bien fueron separados, se armó un alboroto que distrajo las miradas de varios y me hizo olvidar el hambre por un rato. La comida nos duró quince minutos.
En un instante de debilidad, casi me sentí chileno.
Cuaderno pesado
Por Jano - Extraordinario, Universidad - 10/Sep/2009
Caminando ayer por el campus de la universidad escuché a una tipa preguntarle a alguien, por celular, si le tenían su cuaderno de hormigón. De pronto tuve la viva imagen de un tipo caminando con una tremenda piedra bajo el brazo, intentando apretar el teléfono contra el hombro usando su cuello, la mochila resbalándose peligrosamente. Luego volví a pensar en subgrupos normales.
Bertrand Russell
Por Jano - Extraordinario - 27/Ago/2009

Bertrand Russell. Fotografía: Larry Burrows
Estoy leyendo una colección de ensayos de Bertrand Russell, uno de los personajes más peculiares que uno puede encontrar en matemáticas. Galardonado en 1950 con el Premio Nobel de literatura, es más conocido por sus trabajos en filosofía, aunque los cercanos a la lógica le conocen también por Principia Mathematica, una monumental obra que escribió junto a Whitehead, y que se consagró como el pilar del desarrollo de la lógica matemática durante el siglo pasado.
El libro atrapa desde la primera página con un estilo cargado —pero no saturado— de humor intelectual, ironía aguda y una naturalidad envidiable para describir situaciones mundanas de manera extraordinaria. Comparto algunos fragmentos con ustedes, sin más introducción que la certeza de que sus líneas son una presentación por sí mismas.
En Experiencias de un pacifista en la Primera Guerra Mundial cuenta Russell de una manifestación que terminó con bastante violencia, impulsada, entre otros, por un grupo de viragos que llevaban tablas con clavos oxidados.
(…) Cada uno de nosotros tuvo que escapar como pudo mientras la policía nos contemplaba calmosamente. Dos de las viragos borrachas empezaron a atacarme con sus tablas con clavos. Mientras me preguntaba cómo había que defenderse de un ataque de ese tipo, una de las señoras que estaba con nosotros acudió a los policías instándolos a que me defendieran. Pero la policía se limitó a encogerse de hombros. «Tengan en cuenta que es un filósofo eminente», dijo la señora, y el policía siguió encogiéndose de hombros. «Tenga en cuenta que es un profesor famoso en el mundo entero», añadió ella. El policía siguió inconmovible. «Mire que es hermano de un conde», acabó gritando ella. Entonces, la policía se precipitó a auxiliarme. (…)
Al contarle el pasaje anterior a Marcelo Arenas, éste comentó que "el Nobel no lo dan gratis", al tiempo que sugería otros textos del británico. Más adelante, en una serie de relatos sobre personajes que conoció en Cambridge, Russell habla sobre el filósofo inglés G. E. Moore.
Era de una pureza exquisita. Nunca conseguí que dijese una mentira, salvo una vez, y aun ésa fue utilizando un subterfugio. «Moore» —dije—, «¿dice usted siempre la verdad?» «No» —replicó él. Creo que ésta es la única mentira que dijo en su vida.
Aunque claro, decir la verdad es un hábito difícil de comprobar. Uno más accesible es el que cuenta a continuación.
Una de las distracciones favoritas de todos los amigos de Moore era el contemplarle cuando intentaba encender una pipa. Encendía una cerilla; empezaba a discutir, y continuaba haciéndolo hasta que se quemaba los dedos. Encendía otra, y seguía así hasta que se terminaba la caja. Esto era indudablemente muy bueno para su salud, ya que permitía que hubiese momentos en los que no fumaba.
Cuenta también Russell sobre George Bernard Shaw, quien recibiera el mismo Nobel que él, un cuarto de siglo antes. Sin embargo, y a pesar de lo excelso de su palmarés en común, la anécdota es más bien doméstica.
Fue entonces cuando él y yo tuvimos el accidente de bicicleta que, por un momento, me hizo temer iba a poner fin prematuramente a su carrera. Todavía estaba aprendiendo a montar, y chocó con mi bicicleta con tal fuerza, que se vio arrojado por el aire y aterrizó sobre su espalda a veinte pies del lugar del choque. A pesar de ello, se levantó sin ningún daño y continuó su marcha. En cambio, mi bicicleta quedó estropeada, y tuve que regresar en tren. Era un tren muy lento y, en cada estación, Shaw aparecía en el andén en su bicicleta; metía la cabeza en el vagón, y me hacía burla. Sospecho que consideraba el accidente, en su conjunto, como una prueba de las excelencias del vegetarianismo.
Para finalizar los dejo con las primeras líneas de Cómo envejecer, en la esperanza de que atrape a algún lector y se anime a, o bien pedirme el libro, o bien conseguirlo por otros medios.
A pesar del título, este artículo tratará, en realidad, de cómo no envejecer, que, a mis años, es un tema mucho más importante. Mi primer consejo sería que escogiesen ustedes sus antepasados cuidadosamente. Aunque mi padre y mi madre murieron los dos jóvenes, me he portado bien, a este respecto, por lo que se refiere a mis otros antepasados. Mi abuelo materno, es verdad, se extinguió en la flor de su juventud, a la edad de 67 años; pero mis otros tres abuelos vivieron más de ochenta años. Entre mis ascendientes más alejados, sólo puedo encontrar uno que no alcanzase una gran longevidad, y ése murió de una enfermedad que es ahora rara: la decapitación. (…)
Russell falleció en 1970, a los 98 años de edad.
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