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Calcetines
Hubo un tiempo en que tenía muy pocos calcetines, y ahora siento que me sobran.
Despedir a un amigo
Hace una cantidad de años que no recuerdo, llegó un día mi mamá con una bola de lana de dos meses, que de alguna manera ladraba chillón y meneaba la cola hasta por si acaso. Era mezcla de un Pastor de Shetland y un Pastor Alemán criollo. Mi hermana lo bautizó Benji, por un personaje de la teleserie del momento.
Benji se acostumbró rápidamente a la casa, aunque tuviera dificultades, en un principio, para sortear el único escalón que separaba el patio del lugar donde él dormía. Uno de los primeros días que lo tuvimos salí a verlo apenas me levanté. Él saltaba y daba vueltas, feliz de recibir un saludo de buenos días. Yo estaba parado, mirándolo ir de allá para acá. De pronto, y casi de la nada, decidió acurrucarse entre mis dos zapatos, buscando algo del calor que pudo haberle faltado en la noche. Habrán pasado pocos segundos, y ya parecía profundamente dormido. Supongo que fue su manera de conquistarme.
Los primeros años trabajó de jardinero. Corría tanto por su pequeño patio que terminó eliminando toda la maleza que había crecido, dejando la huella de sus rutas habituales entre un árbol y otro. Además, y en contraste con el Fox Terrier que teníamos antes, su ladrido grave lograba espantar a todos los pájaros que llegaban a comerse las frutas. Por lo tanto, teníamos una cosecha abundante y saludable de duraznos, damascos, y especialmente nísperos.
Pero la edad le dio también sabiduría, o flojera. En algún momento cambió sus enérgicas costumbres cazadoras por el hábito de echarse al sol, dejando incluso que los pájaros se posaran sobre él, lo cual debe haberle servido para que lo limpiaran de bichos. Incluso se echaba al lado de su olla, en la que metía el hocico para comer estirando un poco el cuello. También dejó de corretear a las gatas, quienes tras acostumbrarse estuvieron agradecidas.
Cuando ya no estaba encerrado, y por lo tanto, tenía a cargo el cuidado de la casa, entendió que esta responsabilidad era un honor. La tomó tan a pecho, que además sirvió de timbre, pues cada vez que una persona esperaba en la puerta, él ladraba avisando, pese a que no tenía contacto visual con la entrada de la casa.
En este tiempo también se puso regalón. Dejando atrás la inquietud juvenil, prefería ahora echarse al suelo y dejarse querer. En su magnitud, los cariños que recibía con nuestros zapatos parecían gustarle tanto como los que le dábamos con las manos.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte la edad hizo lo suyo. Sus sentidos empezaron a decaer, como también sus fuerzas. Ayer, lunes 21 de septiembre, se echó por última vez en la entrada (donde aparece en la segunda foto), esperando pacientemente lo inevitable. Rechazó las comidas, y no podía levantarse, pues ya no se podía su cuerpo. Hasta el agua que tomaba era devuelta por su organismo, y hoy en la mañana lloró constantemente. Pasado el mediodía mis papás decidieron llamar al veterinario para que lo ayudara a dormir. Así partió al cielo de los perritos, donde ya no sufrirá dolor ni enfermedad.
No sé muy bien cómo se ha de despedir a un amigo que parte. Simplemente espero que esta pequeña historia haga justicia del cariño que le tuve. Un cariño que se libera, poco a poco, en las lágrimas que caen por mis mejillas mientras escribo.
De volantines y puñetazos
Por Jano - Extraordinario, Sociedad - 18/Sep/2009
Hace un rato llegué del Parque O’Higgins. Fui invitado por una vieja amiga a saborear el ambiente dieciochero, y un pedazo de carne o dos, por lo que hoy caminé hacia la Alameda y tomé el metro hacia Los Héroes. El mar de gente que salía hacia Avenida Matta era feroz, pero me las arreglé para sortear con rapidez los obstáculos, que consistían principalmente en carritos exprimidores de naranjas y un quiosco cerrado.
Una vez en el parque, y tras ganarle a la segunda dificultad del día (encontrarse con alguien ahí dentro), compré un volantín y un carrete de hilo. La última vez que había hecho lo mismo, hace varios años ya, los carretes eran de madera y de fabricación nacional. Supongo que el de ahora, plástico y fabricado en China, hacía juego con la bandera de Japón dibujada en mi volantín. Además en esos años los volantines no traían los tirantes hechos, lo que requería una técnica adecuada. Yo la aprendí de mi papá. Atrás quedaron, parece, los palitos de fósforos, las palmas, las cuartas, y sobre todo el ensayo y error que significaba atar todos los nudos hasta que el volantín mantuviera un perfecto equilibrio cuando se dejaba colgando.
Echarlo a volar fue como un reencuentro. El carrete, en el pasto, bailaba entusiasta mientras yo daba y daba hilo, viendo feliz cómo el sol naciente se hacía más pequeño, elevándose en el Este poco a poco. El roce del hilo en mis manos me sumió en recuerdos de niño. De pronto estaba en Melipilla, en el campo de mi abuelo, tenía diez años tal vez, y miraba alto y lejos, al mejor volantín que jamás tuve. Su fondo negro se distinguía a la distancia, pero su pequeña colección de planetas y estrellas no. El carrete tiraba con fuerza, girando rápidamente, y mis ojos no se despegaban del punto negro que rompía el azul uniforme de media tarde. El hilo seguía y seguía saliendo, y mi volantín se seguía alejando.
De pronto la tensión había desaparecido, y yo había vuelto a la realidad. Había terminado de dar los 600 metros de hilo que tenía, un evento único y para el que no estaba preparado. Bajé la vista y ahí, delante mío, inalcanzable, se escapaba la punta que nunca amarré al carrete, pensando, tal vez, que jamás utilizaría tanto hilo. El volantín voló hasta desaparecer, mucho más allá de mi alcance. Quizás se estrelló finalmente contra un espino, o quizás se elevó hasta camuflarse en el firmamento que representaba su dibujo.
De vuelta al parque, otra tensión se había acabado. Mi inocente banderita nipona fue cruelmente liberada por un volantín anónimo cuyo hilo curado se cruzó prepotente. Mecánicamente recogí el hilo, y aunque lo volví a intentar, tuve todavía menos suerte, estrellando otra bandera contra el cemento.
Acabada esta ceremonia partimos en busca de comida. Caminamos entre comerciantes, músicos y mucha, mucha gente. Sorteamos carros a pedales, llamas y más volantines, y de pronto nos encontramos frente a la fonda oficial. Pasamos, nos sentamos, y pedimos. Mientras duraron los 50 minutos de espera conversamos despreocupadamente. En algún momento pregunté si acaso se agarraban a combos en la noche por ahí. La respuesta llegó demasiado pronto, pues no más de un minuto después noté cómo dos mozos se iban a las manos cerca de la cocina. Empujón aquí, empujón allá, y uno que otro puñetazo al aire o más abajo, y si bien fueron separados, se armó un alboroto que distrajo las miradas de varios y me hizo olvidar el hambre por un rato. La comida nos duró quince minutos.
En un instante de debilidad, casi me sentí chileno.
Idiosincrasia local
Para el proyecto en el que trabajo necesitábamos comprar, con cierta urgencia, un disco duro de gran capacidad. El día viernes Marcelo encargó uno por teléfono a una tienda que nos recomendaron. El despacho estaba programado para la mañana de ayer lunes, y teníamos todo listo para instalarlo y poder continuar con nuestro trabajo. Pasaron las horas y no había humo blanco. Finalmente avisaron que lo enviarían a las seis de la tarde. No llegó.
Hoy en la mañana Marcelo llamó para reclamar. El compromiso no se había cumplido, y el proyecto estaba estancado. Normalmente estaríamos más relajados, pero un asunto de plazos, sumados al feriado de este viernes, hacía todavía más urgente nuestra necesidad. En la agitación producida por el enojo, la primera llamada de reclamo terminó de una manera un tanto abrupta. Un rato más tarde intentó nuevamente. Tras reconocer en la línea al cliente del disco duro, la tipa al otro lado del teléfono preguntó, con una calma de terapeuta: ¿se le pasó?
El relajo con el que se tomaron su propia ineficiencia resulta sorprendente, aunque algunos dirían que tales prácticas son habituales, y que no deberían extrañarnos. «Total, estamos en Chile,» parece ser la explicación. Chile, un país demasiado acostumbrado a la mediocridad. Un país donde no se permite ser eficiente, pues despierta desconfianza: «no debe ser tan bueno,» es el comentario sobre un trabajo que fue hecho dentro de un plazo corto.
Esto me recuerda los comentarios que abundan en el patio de la universidad por estos días, donde aquí y allá la gente reclama porque no nos dan vacaciones durante esta semana. Por favor, Pedro Pablo, ¿por qué privarlos de celebrar ser parte de esta majamama de flojonazos mediocres? ¡Dales un descanso, que están exhaustos de producir!
Tampoco defiendo, por cierto, el extremo riguroso de la perfección desesperante de otras sociedades, en las que la balanza está tan cargada del lado de la puntualidad y el orden, que han olvidado por completo el significado de flexibilidad. Menciono esto a colación de otra gracia de nuestra idiosincrasia, que se puede resumir en una frase: «si no es blanco, es negro.»
— ¿Eres de izquierda?
— No.
— Entonces eres de derecha.
En otras palabras, quien no está de acuerdo con algo está necesariamente en contra. Me imagino que este modus ponens criollo es la herencia de un período político en el que tomar partido era parte de las estrategias de sobrevivencia. Esta rigidez no cambiará hasta que las generaciones dominantes sean lo suficientemente jóvenes. Mientras tanto, sólo se puede nadar contra la corriente, en la esperanza de predicar con el ejemplo.
Es claro que no mencioné muchas otras características típicas del chileno/latino. Invito a los lectores a enriquecer la lista y discutir nuestra propia manera de ser.
La lluvia y yo
Por Jano - Paseo al azar, Personal - 7/Sep/2009
Nací con lluvia. Una tormenta fue mi primera impresión del mundo, y uno de mis primeros recuerdos conscientes es el de mi mamá cubriéndome de la lluvia, en sus brazos, y caminando rápidamente entre la puerta de la clínica y el auto. Veníamos de vuelta del médico.
Mi segunda afinidad con la lluvia viene del recuerdo de mis primeros cumpleaños. Por esos años, cuando Chile disfrutaba del maravilloso clima templado mediterráneo con clara separación de las cuatro estaciones, era sagrado que lloviera cada fin de junio. De hecho, daba la impresión de que las estaciones se aguantaban, ansiosas, hasta que el calendario oficializara su entrada en escena. Por ejemplo, dos días antes del comienzo del otoño se podía disfrutar de un cálido sol de mediodía bajo un cielo despejado, pero dos días después el firmamento se encontraría parcialmente nublado y habría un vientecillo tímido, pero sostenido, que se llevaba consigo las hojas que no tenían el coraje o la fortaleza de permanecer apegadas a su rama. Mis cumpleaños eran sinónimo de lluvias, estufas y chocolate caliente, y entre los regalos siempre se contaba un chaleco tejido a mano por alguna tía o abuela. Esa sensación perdida de bienestar y seguridad infantil, que mirando hacia atrás describiría como felicidad, está alineada en mi memoria con el permanente sonido de las gotas en las ventanas. Como la campana hace babear al perro, la lluvia evoca en mi subconsciente ese vago concepto de despreocupación que de niño tenía a sabiendas de que el mundo funciona tan bien, de que mi comida estaría servida y mi cama caliente a la noche. De pronto me encuentro caminando por Portugal y viendo cómo algunos de los vagabundos que de costumbre duermen frente a la posta han desaparecido. ¿Dónde habrán ido? Surge un conflicto entre dos partes. Por un lado, el niño interior que se sentaba a ver Pipiripao mientras un guatero le calentaba el pijama. Por otro, mis sentidos aquí y ahora, el calor de mi ropa y mis zapatos, y el inexorable hecho de que el tipo que está sentado en la vereda se quedará esperando el amanecer, pues ya aprendió a no esperar una comida caliente, y aprendió también que las monedas no entibian sus extremidades. Considero que este diálogo interno no solicitado es uno de los regalos que la naturaleza me dio el día de mi nacimiento.
La lluvia también ha tenido consecuencias absolutamente prácticas en mi vida. Fue en el tiempo en que sólo usaba ropa deportiva, y mi único calzado era unas zapatillas para correr que me gané en 13 Cable escribiendo un relato sobre los Juegos Olímpicos de Sydney. Eran livianas, delgadas y absolutamente inútiles para cubrir los pies del agua. Avenida Grecia, por su parte, había adquirido esa costumbre que tienen algunas calles de Santiago de hacer de cuenca para un improvisado río toda vez que llovía. El corto camino desde el paradero a la universidad era un desastre, pues comenzaba con el azaroso sorteo en el que buscaba, sin éxito, una ruta medianamente seca. Recuerdo haber tenido los calcetines empapados y los pies heladísimos durante una clase, en la que no pude concentrarme. Mientras caminaba de vuelta al paradero, imágenes de mi familia recientemente separada, y con ellas de las dificultades económicas que teníamos, llenaron mi mente de desesperanza y mis ojos de camufladas lágrimas. Llegué a secar como pude mis zapatillas, calcetines y pies. Tomé la decisión de comprar algo más abrigado, pero a falta de recursos tuve que recurrir a dos alternativas. La primera de ellas fue el uso de dos pares de calcetines, lo cual no sirvió de nada, pero me permitió engañarme temporalmente. La segunda de ellas residía, simplemente, en la esperanza de que dejara de llover. Tuve la suerte de que más temprano que tarde se diera esta última opción, y disfruté, por vez primera, que no lloviera.
Actualmente la lluvia viene en paquetes bastante más aleatorios que en el pasado, y también en fechas menos predecibles. Supongo que este comportamiento favorece que, en días como hoy, tan malos como cualquier otro, me ponga a escribir. Idos están los tiempos de la felicidad infantil, pero la magia de un café y de escuchar a Debussy mientras el agua se aventura allá afuera renuevan mis acostumbradas emociones, aunque esto no signifique, a priori, un avance ni un retroceso en mi estado de ánimo inducido por el clima.


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