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La lluvia y yo
Por Jano - Paseo al azar, Personal - 7/Sep/2009
Nací con lluvia. Una tormenta fue mi primera impresión del mundo, y uno de mis primeros recuerdos conscientes es el de mi mamá cubriéndome de la lluvia, en sus brazos, y caminando rápidamente entre la puerta de la clínica y el auto. Veníamos de vuelta del médico.
Mi segunda afinidad con la lluvia viene del recuerdo de mis primeros cumpleaños. Por esos años, cuando Chile disfrutaba del maravilloso clima templado mediterráneo con clara separación de las cuatro estaciones, era sagrado que lloviera cada fin de junio. De hecho, daba la impresión de que las estaciones se aguantaban, ansiosas, hasta que el calendario oficializara su entrada en escena. Por ejemplo, dos días antes del comienzo del otoño se podía disfrutar de un cálido sol de mediodía bajo un cielo despejado, pero dos días después el firmamento se encontraría parcialmente nublado y habría un vientecillo tímido, pero sostenido, que se llevaba consigo las hojas que no tenían el coraje o la fortaleza de permanecer apegadas a su rama. Mis cumpleaños eran sinónimo de lluvias, estufas y chocolate caliente, y entre los regalos siempre se contaba un chaleco tejido a mano por alguna tía o abuela. Esa sensación perdida de bienestar y seguridad infantil, que mirando hacia atrás describiría como felicidad, está alineada en mi memoria con el permanente sonido de las gotas en las ventanas. Como la campana hace babear al perro, la lluvia evoca en mi subconsciente ese vago concepto de despreocupación que de niño tenía a sabiendas de que el mundo funciona tan bien, de que mi comida estaría servida y mi cama caliente a la noche. De pronto me encuentro caminando por Portugal y viendo cómo algunos de los vagabundos que de costumbre duermen frente a la posta han desaparecido. ¿Dónde habrán ido? Surge un conflicto entre dos partes. Por un lado, el niño interior que se sentaba a ver Pipiripao mientras un guatero le calentaba el pijama. Por otro, mis sentidos aquí y ahora, el calor de mi ropa y mis zapatos, y el inexorable hecho de que el tipo que está sentado en la vereda se quedará esperando el amanecer, pues ya aprendió a no esperar una comida caliente, y aprendió también que las monedas no entibian sus extremidades. Considero que este diálogo interno no solicitado es uno de los regalos que la naturaleza me dio el día de mi nacimiento.
La lluvia también ha tenido consecuencias absolutamente prácticas en mi vida. Fue en el tiempo en que sólo usaba ropa deportiva, y mi único calzado era unas zapatillas para correr que me gané en 13 Cable escribiendo un relato sobre los Juegos Olímpicos de Sydney. Eran livianas, delgadas y absolutamente inútiles para cubrir los pies del agua. Avenida Grecia, por su parte, había adquirido esa costumbre que tienen algunas calles de Santiago de hacer de cuenca para un improvisado río toda vez que llovía. El corto camino desde el paradero a la universidad era un desastre, pues comenzaba con el azaroso sorteo en el que buscaba, sin éxito, una ruta medianamente seca. Recuerdo haber tenido los calcetines empapados y los pies heladísimos durante una clase, en la que no pude concentrarme. Mientras caminaba de vuelta al paradero, imágenes de mi familia recientemente separada, y con ellas de las dificultades económicas que teníamos, llenaron mi mente de desesperanza y mis ojos de camufladas lágrimas. Llegué a secar como pude mis zapatillas, calcetines y pies. Tomé la decisión de comprar algo más abrigado, pero a falta de recursos tuve que recurrir a dos alternativas. La primera de ellas fue el uso de dos pares de calcetines, lo cual no sirvió de nada, pero me permitió engañarme temporalmente. La segunda de ellas residía, simplemente, en la esperanza de que dejara de llover. Tuve la suerte de que más temprano que tarde se diera esta última opción, y disfruté, por vez primera, que no lloviera.
Actualmente la lluvia viene en paquetes bastante más aleatorios que en el pasado, y también en fechas menos predecibles. Supongo que este comportamiento favorece que, en días como hoy, tan malos como cualquier otro, me ponga a escribir. Idos están los tiempos de la felicidad infantil, pero la magia de un café y de escuchar a Debussy mientras el agua se aventura allá afuera renuevan mis acostumbradas emociones, aunque esto no signifique, a priori, un avance ni un retroceso en mi estado de ánimo inducido por el clima.
Cavilaciones interrumpidas
Por Jano - Paseo al azar, Personal - 29/Ago/2009
De regreso de jugar tenis con un amigo noté algunas cosas que, a veces, sumido en mis pensamientos, dejo pasar con la más inocente indiferencia. Una de ellas es la cantidad absurda de gente que cabe en una estación de metro. Gente que camina, que compra, que va de acá para allá reclamando porque hay harta gente. Algunos chocan conmigo porque el bolso deportivo es aparatoso cuando va lleno y el mango de la raqueta asoma amenazante en un costado. Otros se pasean por la colección musical que hicieron caber en su teléfono móvil, mientras, sentados en el piso del tren, animan a la multitud con un poco de música ambiental no solicitada. Mientras saco el libro que me acompañará durante los 15 minutos del trayecto levanto la mirada una última vez, sutilmente, y recuerdo un número reciente de xkcd.
La ciudad tiene un concepto desequilibrado de diligencia. Para comprobarlo basta con recorrerla varias veces al año entre puntos diametralmente opuestos escogidos con cierto cuidado, poniendo atención en los arreglos viales que encontrará durante el trayecto. Notará que la construcción de nuevas avenidas, bautizadas en gran número como carreteras, sirven de puente entre determinados sectores de la ciudad y los lugares de trabajo de los residentes, sin mencionar el acceso directo al aeropuerto que se han instalado para no tener que pasar por la Alameda. Huelga decir que estos monumentos a la ingeniería satisfacen los cortos plazos con los que fueron concebidos en papel, y afectan poco y nada la cotidianeidad de sus beneficiarios.
Digo esto a colación de la situación de Maipú, comuna en la que viví los primeros 23 años de mi vida y de la que intento escapar paulatinamente. Ahí la situación es diferente. Cuando comenzaron a renovar la Avenida Pajaritos, que es la principal conexión de la comuna con Santiago, los atochamientos matinales eran soberanos, siendo superados por los de la tarde pero no en cantidad de vehículos, ya que la distribución de horarios de salida es más amplia y azarosa que la de entrada. No, en la tarde había que agregarle al tumulto de automóviles el cansancio acumulado de un día que ya había empezado con el mal rato de los bocinazos y la lentitud. «Es para mejor,» era el discurso atemporal del político de turno, de quien podemos asumir que no viajaba por la calle en cuestión. Al poco tiempo de terminados los trabajos, cuando todo era mejor, una nueva mano comenzó a mover las piezas en el tablero: la vieja promesa del metro comenzaba a hacerse realidad. Realidad que también llevó un cargamento de máquinas, gigantescos pilares de cemento y obreros no calificados apareciendo de súbito en la calle con una tabla circular pintada de rojo, imagen que el automovilista desprevenido debía entender como deténgase, para así darle paso a las lentas acrobacias de un camión arenero.
Este circo citadino podría considerarse una excepción, un paréntesis en la historia de una comuna que ya tiene suficiente. Un paréntesis, sin embargo, que se anida con otros. Durante los últimos años he sido víctima permanente del progreso. Por ejemplo, cuando supe de un recorrido de micro que me llevaría de mi casa al lugar donde estudio prácticamente en línea recta, decidí intentarlo. La primera semana fue bastante buena, pues ahorraba unos 15 minutos respecto del tradicional Pajaritos-Alameda-Metro, que en vez de ser una recta es una suerte de “C” flojamente dibujada. Sin embargo, tras siete días de exitosa travesía, aparecieron. Máquinas, camiones y capataces. Y con ellos los quince minutos a favor se convirtieron en 15 en contra. Los arreglos pasaron a ser parte del paisaje.
Por supuesto que Maipú no es la única comuna con la enfermedad. Cualquiera que haya vivido en La Florida durante los largos meses de la renovación del 14 puede dar fe de ello. A ratos pienso que se trata de los desesperados esfuerzos de la ciudad por estar a la altura de sus habitantes, o más bien de su número. Tantos son los que hay que las condiciones no pueden mantenerse, pero en lo que tardó la ciudad cambiando las condiciones, el número de habitantes volvió a aumentar y su distribución volvió a variar, por lo que se repite el círculo vicioso.
En un ámbito más doméstico, noté también que de un tiempo a esta parte las empresas que envasan productos de comida han mejorado uno de sus aspectos fundamentales, y se merecerían un aplauso si no fuera por el tiempo que tardaron. Finalmente están haciendo sistemas abre-fácil que son fáciles a priori, y no solamente tras un doctorado en plástico. Uno de los que no termino de entender, en todo caso, es el minúsculo sello que, teóricamente, mantendría cerrada la bolsa grande de galletas Morocha. El material es tan inflexible que incluso cintas adhesivas de mejor calidad y mayor dimensión podrían darse por derrotadas. Faltaría, eso sí, un sistema cierra-fácil en los paquetes de queso laminado, para no tener que depender de las cajitas Ziploc. En su defecto, un acuerdo con esta empresa sería útil, ya que podrían amarrar al queso un recipiente hermético y pegarlos con una etiqueta que diga «promoción,» tal como a los cereales se les agrega un superhéroe de plástico al fondo de la caja.
Teorema del flaite
Por Jano - Paseo al azar, Sociedad - 22/Jun/2009
Leyendo y discutiendo en lo de Layfan llegué a la conclusión de que si no hubiera flaites, ya habría terminado mi tarea.
Teorema 1. Si no hubiera flaites, tendría más compañeros de carrera.
Demostración. Es una larga cadena de implicaciones, cada una tan trivial como la otra.
Corolario 1. Si no hubiera flaites, ya habría terminado mi tarea de Complejidad Computacional.
Demostración. Claramente el ramo no tendría cuatro alumnos (sino muchos más), por lo cual podría haber compartido con alguno de ellos ideas para la tarea, y lo hubiera hecho a tiempo.
Corolario 2. Si no hubiera flaites, no perdería el tiempo escribiendo esto en el blog.
Demostración. Si no hubiera flaites entonces Layfan no habría escuchado esa conversación en el metro. Así, yo no habría leído eso, ni el comentarista con el cual se inició la discusión. Por lo tanto, estaría durmiendo sentado cag defecado de frío, que es lo que pasa cuando uno se queda pegado en una tarea por falta de entendimiento/ideas.
Dualidad
Por Jano - Paseo al azar - 8/Jun/2009
El mendigo mantuvo estirada la mano. Ahora sería mi turno. Tosió los pulmones, como tantas otras veces, mientras balbuceaba algo como “ayudita”. Me detuve a mirarlo. Largas uñas duras y resquebrajadas asomaban por debajo de las yemas ásperas y sucias. Dos o tal vez tres chalecos cubrían el antebrazo debajo del paletó descolorido.
¿Tú sabes de dónde vengo, cierto? Supongo que lo sabes porque a tus años la gente como tú intuye este tipo de cosas. En lo que tardó en crecer tu barba yo hice muchas cosas distintas, pero tú has observado a más gente que las cosas que yo he hecho. Bueno, ¿lo sabes o no? Sabes de dónde vienen y a dónde van. A veces sabes qué se proponen. También deberías saber lo que me acaba de pasar, ¿cierto? Mírame, viejo, te estoy hablando. ¿Crees que puedes adivinar mi rumbo en este momento? Por ahora sólo llegaré a mi casa, pero desde que entre por esa puerta no hay manera de saber. ¿Qué haré con esto, qué haré con aquello? Si no lloro es porque los dos estamos sufriendo en este momento, y tú no estás llorando. Quiero mantener la compostura para así mantener esta conversación. Bien sabes que no es lo que elegí, es lo que pasó y yo tenía que enfrentarlo. Es el precio del coraje. Tú podrías decir lo mismo, tal vez. Contarme de lo que fuiste y lo que hiciste y lo que eras y lo que no eras, todo hasta ese día que recuerdas con claridad menos la fecha. El día en que una verdad se te presentó de frente, firme y soberbia. Como a mí hoy, pero eso ya lo sabías. Lo sabías desde que me viste entrar desde la esquina con las manos profundamente en los bolsillos y la mirada fija en el próximo paso. Lo sabes pero no te importa, tú también tienes tus problemas. De hecho ya pasaste por esto, ¿no? Conoces el perro sentimiento del arraste, arrastre de esa imagen que se repite y se repite y cada vez que se repite te sientes mal, y cada vez que se va quieres que se repita para buscarle la explicación, la línea. ¿Cómo llegaste a estar parado ahí? Sí, lo mismo me pregunto. No hay vuelta atrás una vez que uno empieza a caer. También lo sabes, cierto. Tal vez mejor que yo. En ese caso creo que soy yo el que debería estirar la mano, pero no lo haré porque las tengo muy heladas. Soy yo el que necesita la ayuda de esa mirada que tú tienes, tan humana y verdadera. Estoy temblando, como puedes ver, aunque el frío es sólo un factor despreciable en eso. Yo sólo vengo de pasada. Gracias por tu tiempo.
Fue la conversación de tres segundos más larga que tuve en el último tiempo.
Bla
Por Jano - Paseo al azar - 4/Jun/2009
Estoy probando Opera 10 beta. Ahora el marcado rápido puede mostrar de 4 a 25 páginas.
El lunes tengo la tercera prueba de análisis. Hay que estudiar. Creo.
Diversity ganó la tercera edición de Britain’s Got Talent con esta impresionante presentación:
Cambio y fuera. Hasta el viernes, cuando comentemos sobre González vs Soderling y Federer vs Del Potro en Roland Garros.
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