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De volantines y puñetazos

Hace un rato llegué del Parque O’Higgins. Fui invitado por una vieja amiga a saborear el ambiente dieciochero, y un pedazo de carne o dos, por lo que hoy caminé hacia la Alameda y tomé el metro hacia Los Héroes. El mar de gente que salía hacia Avenida Matta era feroz, pero me las arreglé para sortear con rapidez los obstáculos, que consistían principalmente en carritos exprimidores de naranjas y un quiosco cerrado.

Una vez en el parque, y tras ganarle a la segunda dificultad del día (encontrarse con alguien ahí dentro), compré un volantín y un carrete de hilo. La última vez que había hecho lo mismo, hace varios años ya, los carretes eran de madera y de fabricación nacional. Supongo que el de ahora, plástico y fabricado en China, hacía juego con la bandera de Japón dibujada en mi volantín. Además en esos años los volantines no traían los tirantes hechos, lo que requería una técnica adecuada. Yo la aprendí de mi papá. Atrás quedaron, parece, los palitos de fósforos, las palmas, las cuartas, y sobre todo el ensayo y error que significaba atar todos los nudos hasta que el volantín mantuviera un perfecto equilibrio cuando se dejaba colgando.

Echarlo a volar fue como un reencuentro. El carrete, en el pasto, bailaba entusiasta mientras yo daba y daba hilo, viendo feliz cómo el sol naciente se hacía más pequeño, elevándose en el Este poco a poco. El roce del hilo en mis manos me sumió en recuerdos de niño. De pronto estaba en Melipilla, en el campo de mi abuelo, tenía diez años tal vez, y miraba alto y lejos, al mejor volantín que jamás tuve. Su fondo negro se distinguía a la distancia, pero su pequeña colección de planetas y estrellas no. El carrete tiraba con fuerza, girando rápidamente, y mis ojos no se despegaban del punto negro que rompía el azul uniforme de media tarde. El hilo seguía y seguía saliendo, y mi volantín se seguía alejando.

De pronto la tensión había desaparecido, y yo había vuelto a la realidad. Había terminado de dar los 600 metros de hilo que tenía, un evento único y para el que no estaba preparado. Bajé la vista y ahí, delante mío, inalcanzable, se escapaba la punta que nunca amarré al carrete, pensando, tal vez, que jamás utilizaría tanto hilo. El volantín voló hasta desaparecer, mucho más allá de mi alcance. Quizás se estrelló finalmente contra un espino, o quizás se elevó hasta camuflarse en el firmamento que representaba su dibujo.

De vuelta al parque, otra tensión se había acabado. Mi inocente banderita nipona fue cruelmente liberada por un volantín anónimo cuyo hilo curado se cruzó prepotente. Mecánicamente recogí el hilo, y aunque lo volví a intentar, tuve todavía menos suerte, estrellando otra bandera contra el cemento.

Acabada esta ceremonia partimos en busca de comida. Caminamos entre comerciantes, músicos y mucha, mucha gente. Sorteamos carros a pedales, llamas y más volantines, y de pronto nos encontramos frente a la fonda oficial. Pasamos, nos sentamos, y pedimos. Mientras duraron los 50 minutos de espera conversamos despreocupadamente. En algún momento pregunté si acaso se agarraban a combos en la noche por ahí. La respuesta llegó demasiado pronto, pues no más de un minuto después noté cómo dos mozos se iban a las manos cerca de la cocina. Empujón aquí, empujón allá, y uno que otro puñetazo al aire o más abajo, y si bien fueron separados, se armó un alboroto que distrajo las miradas de varios y me hizo olvidar el hambre por un rato. La comida nos duró quince minutos.

En un instante de debilidad, casi me sentí chileno.

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Idiosincrasia local

Para el proyecto en el que trabajo necesitábamos comprar, con cierta urgencia, un disco duro de gran capacidad. El día viernes Marcelo encargó uno por teléfono a una tienda que nos recomendaron. El despacho estaba programado para la mañana de ayer lunes, y teníamos todo listo para instalarlo y poder continuar con nuestro trabajo. Pasaron las horas y no había humo blanco. Finalmente avisaron que lo enviarían a las seis de la tarde. No llegó.

Hoy en la mañana Marcelo llamó para reclamar. El compromiso no se había cumplido, y el proyecto estaba estancado. Normalmente estaríamos más relajados, pero un asunto de plazos, sumados al feriado de este viernes, hacía todavía más urgente nuestra necesidad. En la agitación producida por el enojo, la primera llamada de reclamo terminó de una manera un tanto abrupta. Un rato más tarde intentó nuevamente. Tras reconocer en la línea al cliente del disco duro, la tipa al otro lado del teléfono preguntó, con una calma de terapeuta: ¿se le pasó?

El relajo con el que se tomaron su propia ineficiencia resulta sorprendente, aunque algunos dirían que tales prácticas son habituales, y que no deberían extrañarnos. «Total, estamos en Chile,» parece ser la explicación. Chile, un país demasiado acostumbrado a la mediocridad. Un país donde no se permite ser eficiente, pues despierta desconfianza: «no debe ser tan bueno,» es el comentario sobre un trabajo que fue hecho dentro de un plazo corto.

Esto me recuerda los comentarios que abundan en el patio de la universidad por estos días, donde aquí y allá la gente reclama porque no nos dan vacaciones durante esta semana. Por favor, Pedro Pablo, ¿por qué privarlos de celebrar ser parte de esta majamama de flojonazos mediocres? ¡Dales un descanso, que están exhaustos de producir!

Tampoco defiendo, por cierto, el extremo riguroso de la perfección desesperante de otras sociedades, en las que la balanza está tan cargada del lado de la puntualidad y el orden, que han olvidado por completo el significado de flexibilidad. Menciono esto a colación de otra gracia de nuestra idiosincrasia, que se puede resumir en una frase: «si no es blanco, es negro.»

— ¿Eres de izquierda?
— No.
Entonces eres de derecha.

En otras palabras, quien no está de acuerdo con algo está necesariamente en contra. Me imagino que este modus ponens criollo es la herencia de un período político en el que tomar partido era parte de las estrategias de sobrevivencia. Esta rigidez no cambiará hasta que las generaciones dominantes sean lo suficientemente jóvenes. Mientras tanto, sólo se puede nadar contra la corriente, en la esperanza de predicar con el ejemplo.

Es claro que no mencioné muchas otras características típicas del chileno/latino. Invito a los lectores a enriquecer la lista y discutir nuestra propia manera de ser.

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Teorema del flaite

Leyendo y discutiendo en lo de Layfan llegué a la conclusión de que si no hubiera flaites, ya habría terminado mi tarea.

Teorema 1. Si no hubiera flaites, tendría más compañeros de carrera.

Demostración. Es una larga cadena de implicaciones, cada una tan trivial como la otra.

Corolario 1. Si no hubiera flaites, ya habría terminado mi tarea de Complejidad Computacional.

Demostración. Claramente el ramo no tendría cuatro alumnos (sino muchos más), por lo cual podría haber compartido con alguno de ellos ideas para la tarea, y lo hubiera hecho a tiempo.

Corolario 2. Si no hubiera flaites, no perdería el tiempo escribiendo esto en el blog.

Demostración. Si no hubiera flaites entonces Layfan no habría escuchado esa conversación en el metro. Así, yo no habría leído eso, ni el comentarista con el cual se inició la discusión. Por lo tanto, estaría durmiendo sentado cag defecado de frío, que es lo que pasa cuando uno se queda pegado en una tarea por falta de entendimiento/ideas.

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Médico no coludido

Hoy tuve que ir a urgencia médica por unos cólicos renales horribles que me dieron en la mañana. Tras la atención (en la que por suerte cesó el dolor), el médico me recetó unas pastillas por si volvían los síntomas durante los próximos días. Como el plan de isapre de mi mamá le ofrece descuentos en Salcobrand, partió a comprarme los remedios.

Regresó con la cajita, pero contando que no le había funcionado el descuento. ¿La razón? La explicación de la persona que la atendió tenía que ver con que “el médico no está en el convenio”. Con algo de rabia naciente le pedí que me repitiera exactamente lo que le habían dicho, pero dijo que era medio confuso y que sólo había entendido esa frase.

Todo esto me recuerda lo que contaba Christian hace unos días sobre su receta con códigos de barras. Precisamente la mía no tiene ninguno.

Las conclusiones que las saque cada uno. Sólo quiero dejar registro de un episodio más en el anecdotario de las tres grandes cadenas de farmacias que operan en Chile y el reciente destape de (uno de) sus secretillos. Una red de colusión de la que el médico que me atendió parece no formar parte.

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Los caminos a seguir… construyendo

A propósito de nada, me impresiona cómo los trabajos de mejoras de caminos progresan de manera tan rápida en algunos lugares (de hecho, terminan), mientras que en otros parecen llevar años —literalmente.

En Maipú, comuna en la que vivo, los arreglos de la Avenida Pajaritos para que tuviera vías exclusivas duraron años. En ese tiempo fue habitual tardar 20 minutos en recorrer los 600 metros (¡!) previos a la estación de metro Las Rejas.

Cuando el proyecto fue entregado, automovilistas y vecinos comprobaron con horror que habían quedado postes en la calle [1][2] (¡!). Cierto, la constructora sacó los postes de ahí… y los puso en medio de la ciclovía que apenas se estrenaba (¡!). La nueva y flamante ciclovía, que durante más de un año no tuvo subida de bicicletas en los cruces (¡!), accesorios que accedieron a agregar tras incesantes negociaciones de grupos como el movimiento Furiosos Ciclistas, aunque les faltó sacar un par de árboles cuyas raíces han levantado tontamente el camino, resquebrajándolo y haciendo todavía más difícil el tránsito.

Actualmente tengo que soportar 80 minutos de viaje para llegar a la U en hora punta (aproximadamente entre 7:20 y 8:40), pues los interminables arreglos de Camino a Melipilla (varios kilómetros) y Santa Rosa con Departamental casi duplican los 50 minutos que me demoraría haciendo esa ruta.

En fin, artículo sin orden ni gracia. Era más de picado. Tenía más para comentar, pero quiero documentarlo con fotos. Cuando las tenga, retomaré este tema saca-canas.

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