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No le crujió

Cosas que uno encuentra corrigiendo pruebas.

"No me crujió". Elefante en prueba.

"No me crujió". Elefante en prueba.

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Pensamientos dieciocheros

Tengo algunas ideas dando vueltas respecto del 18. La primera de ellas, y probablemente la más importante, es que volvió, en gloria y majestad, la siguiente foto a la portada de www.uc.cl:

El alumnado UC celebra el 18

El alumnado UC celebra el 18 a su manera

Lo único que se me ocurre es compadecer al flaco de azul. Supongo que no tuvo la culpa. En cuanto a la señorita, sencillamente no puedes tener tan mala cueva estrella como para que te tomen esa foto, y encima la pongan año tras año en la página de la U. Supongo, de todas maneras, que le hace justicia al ambiente de fiesta que se vive en el campus, ¡ja! Por cierto, aquí hay otra foto que me impresiona.

Un segundo pensamiento —que está dirigido a unos pocos que lo entenderán— es que hoy, 20 de septiembre de 2009, estoy celebrando mi independencia lineal de los vectores canónicos. Ya habrá tiempo de conversar de estupideces y otras cosas menos importantes, como la recién mencionada. Para el lector poco avezado, baste con decir que de particular importancia son las palabras «independencia» y «canónicos».

Eso, tenía varias cosas para decir, pero las olvidé en el camino.

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Cuaderno pesado

Caminando ayer por el campus de la universidad escuché a una tipa preguntarle a alguien, por celular, si le tenían su cuaderno de hormigón. De pronto tuve la viva imagen de un tipo caminando con una tremenda piedra bajo el brazo, intentando apretar el teléfono contra el hombro usando su cuello, la mochila resbalándose peligrosamente. Luego volví a pensar en subgrupos normales.

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Aristas de la prioridad académica

El día de hoy, jueves 3 de septiembre de 2009, Noga Alon dio una charla titulada Probabilistic Reasoning en la Facultad de Matemáticas de la Universidad Católica, donde estudio. El profesor Alon es uno de los matemáticos más prominentes de la actualidad, con más de 400 artículos publicados y una posición como investigador visitante en el Instituto para Estudios Avanzados de Princeton un trimestre cada año.

Pese a lo excepcional de la ocasión, el total de alumnos de la facultad que asistieron a la charla pueden contarse con una mano. Para mí, como organizador del evento, el hecho resultó ser tan vergonzoso, que me provocó fuertes deseos de salir rápida y disimuladamente de la sala, para así no tener que dar explicaciones al invitado. A él, por cierto, le había hablado de nuestro establecido coloquio de estudiantes, dándole a entender que su charla sería en este contexto. Lo que me mantuvo quieto, además de una cuota de orgullo personal, fue la tranquilidad de que se juntó un buen grupo, compuesto por profesores de matemáticas y ciencia de la computación de las universidades de Chile y Católica, además de un pequeño grupo de entusiastas alumnos de postgrado de Beaucheff, quienes incluso tomaron fotografías. Esto me emocionó sobremanera.

Tras la charla los asistentes tuvieron la oportunidad de conversar con el expositor, lo cual para mí era uno de los objetivos más importantes. Como asistente al 3er Congreso Latinoamericano de Matemáticos yo ya había tenido la suerte de conocerlo y hablar, y realmente fue un privilegio. Por ejemplo, se dio el trabajo de aconsejarme temas de estudio de mi interés y darme la correspondiente literatura relacionada. Literatura que, dicho sea de paso, conoce extremadamente bien. Además, la sencillez de su persona presenta un impresionante contraste con la profundidad de sus ideas, aunque algunos encontrarán que esto es natural entre tales genios.

Recapitulando las últimas horas, mientras caminábamos con Noga hacia la salida del campus, pensaba yo en qué motivos podrían tener los alumnos de matemáticas para ausentarse de manera tan organizada. Tengo algunas hipótesis, la más importante de las cuales es la desinformación. Si bien tengo una confirmación de palabra de que el correo electrónico de aviso fue enviado a todos los estudiantes de la facultad, un muestreo aleatorio entre mis compañeros me hace dudar de la capacidad de los servidores. Me dicen, simplemente, que no les llegó correo alguno al respecto.

Si descartamos la teoría anterior y suponemos que los alumnos sí sabían (al menos sé de varios que sabían y no fueron), todavía hay explicaciones que me descolocan. «Es que tengo prueba,» me dijo uno, mientras otro me recordaba que tiene clases. Si bien ambos motivos parecen naturales, creo que no pueden contarse como válidos. Vamos, que todos tenemos pruebas, y probablemente son unas tres o cuatro al mes. Para qué decir las clases. ¿Que no pueden dejar de estudiar durante 90 minutos? Algunos lo harán el sábado para ver un partido de fútbol, aunque tengan prueba el lunes. Otros lo hacen, estando en la universidad, para jugar ping pong frente a la oficina del Centro de Alumnos. También hay quienes juegan a las cartas, al yo-yo, a armar un cubo de Rubik a velocidad vertiginosa, o simplemente se sientan o echan sobre el soleado césped a conversar. Todo esto se realiza, en ocasiones, de manera excepcional a la hora de clases. Pero no, no pueden hacer también una excepción para ir a una charla.

Una segunda excusa, que a mi parecer es más natural que la primera, es la del idioma. El que una charla sea en inglés impone una barrera difícil de sortear. Hay inexperiencia en muchos, y en otros hay timidez ante la posibilidad de tener que hablar en inglés. Esto es un tema no menor para quienes tuvimos una formación escolar paupérrima en lo que a idiomas se refiere, pues con algo de suerte los programas incluían practicar el idioma, y quienes tenían esa suerte debían tener otro tanto para que efectivamente se realizara. Recuerdo a Renato Lewin entrando a la sala un día en nuestro primer año, mientras nos enseñaba el curso de Cálculo II. Sin saludar, y muy en su estilo apresurado, preguntó «¿saben inglés?» ante lo cual quedamos en silencio. «Bueno, si no saben inglés, tienen que aprender. Ésta es una carrera que se hace en inglés, y los libros más adelante están sólo en inglés.» Me pregunto cuántos habrán notado, en ese momento o después, que la palabra carrera en ese contexto se refiere a todo lo que suele suceder después de la universidad hasta la jubilación, lo que uno llamaría el trabajo y otros traducirían literalmente de currículum vítae: carrera de la vida. Me pregunto, también, cuántos habrán tomado en serio el consejo. Cuando fui a Arequipa a participar en mi primer workshop tuve la oportunidad de darme cuenta de varias cosas a este respecto. La primera de ellas es que la gente en la comunidad científica es feliz con su acento, por lo que el temor adolescente que puede resumirse en la frase «es que hablo mal» pasa a segundo plano. De hecho, a medida que aumenta la cantidad de países involucrados podemos encontrar una verdadera jungla de acentos, entonaciones, modulaciones y otras variantes. En definitiva, nada que no pueda superarse con una conversación y fuerza de voluntad.

Podemos también pensar que el tema de la charla no parecía mayormente atractivo. Un punto bastante justo, aunque sus partidarios evitan —voluntaria o involuntariamente— darse cuenta de que, si fuera sólo por el tema, mejor pondríamos un computador que presentara diapositivas y las leyera de manera automática. Puedo entender, hasta cierto punto, que los alumnos de pregrado consideren el tema como un factor a la hora de decidir, pero no logro entenderlo de los de postgrado. En el primer caso cabe destacar que los alumnos de pregrado —en especial los más nuevos— son los que conocen menos temas, por lo que la mayoría de las veces será algo nuevo para ellos, lo cual me lleva a pensar que los estanca el temor a lo nuevo o la conformidad con lo conocido, en ambos casos dejando entrever mediocridad o tal vez demasiada inocencia. En el segundo caso, no siendo un alumno de postgrado, es posible que no cuente con una visión clara de su realidad. Ya puedo imaginar a algunos diciendo «si supieras todo lo que tenemos que hacer,» lo cual podría llevarnos a una discusión sobre las condiciones humanitarias de los estudiantes o, en un tono de confrontación, sobre darles a entender que no son los únicos que hacen cosas. Por otra parte, tal respuesta puede interpretarse como una estrechez de mente que a la larga les impide obtener provecho de la experiencia de otros. Se me viene a la mente la imagen de flores que, seguras de que el agua es suficiente para sobrevivir, rehúsan abrazar al sol matutino.

En estas teorías —y en otras que no compartí acá— se asoma naturalmente una pregunta: ¿cuáles son las prioridades de los estudiantes de la facultad? Terminar la carrera es una de ellas, eso es seguro. Sin embargo, parece ser que en muchos casos la prioridad se acaba ahí, con el cartón en la mano en letra bonita, sin nada más allá.

Quiero pensar que el correo no se envió. Quiero pensar que si la gente hubiera sabido de la oportunidad que tendrían, la hubieran aprovechado, y que efectivamente no supieron. Sin embargo, me quedo con el gusto amargo de no haber visto a muchos que ya me habían confirmado, y que en el camino recordaron, de una manera u otra, que tenían cosas más importantes que hacer.

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¿Y qué fue de la tarjeta estudiantil UC?

¿Se acuerdan de la TUC? Esa tarjeta fantástica con beneficios en el banco, redcompra, bip!, ayudantías pagadas automáticamente y descuentos en viajes a la luna, que de acuerdo a la universidad sería entregada a funcionarios en enero de 2009 y a estudiantes durante el primer semestre del presente año.

TUC: anverso

TUC: anverso

El calendario ha dado vuelta la página unas cuantas veces ya, y silenciosamente la tarjeta ha pasado al olvido. Tanto, que resulta imposible encontrarla en el buscador de la página de la universidad, ya sea buscando por tarjeta uc o tarjeta estudiantil. Tampoco está en la sección de información para estudiantes.

TUC: reverso

TUC: reverso

Otro cambio quitado de bulla ha sido en la página oficial, donde se informa que la tarjeta será entregada durante el segundo semestre, sin explicación sobre por qué no lo hicieron a tiempo o una fecha más precisa.

En fin. Estoy lo suficientemente cansado como para ponerme activista, pero los animo a enviar sus preguntas —y sobre todo sus reclamos— a tarjetauc@uc.cl.

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