El mendigo mantuvo estirada la mano. Ahora sería mi turno. Tosió los pulmones, como tantas otras veces, mientras balbuceaba algo como “ayudita”. Me detuve a mirarlo. Largas uñas duras y resquebrajadas asomaban por debajo de las yemas ásperas y sucias. Dos o tal vez tres chalecos cubrían el antebrazo debajo del paletó descolorido.
¿Tú sabes de dónde vengo, cierto? Supongo que lo sabes porque a tus años la gente como tú intuye este tipo de cosas. En lo que tardó en crecer tu barba yo hice muchas cosas distintas, pero tú has observado a más gente que las cosas que yo he hecho. Bueno, ¿lo sabes o no? Sabes de dónde vienen y a dónde van. A veces sabes qué se proponen. También deberías saber lo que me acaba de pasar, ¿cierto? Mírame, viejo, te estoy hablando. ¿Crees que puedes adivinar mi rumbo en este momento? Por ahora sólo llegaré a mi casa, pero desde que entre por esa puerta no hay manera de saber. ¿Qué haré con esto, qué haré con aquello? Si no lloro es porque los dos estamos sufriendo en este momento, y tú no estás llorando. Quiero mantener la compostura para así mantener esta conversación. Bien sabes que no es lo que elegí, es lo que pasó y yo tenía que enfrentarlo. Es el precio del coraje. Tú podrías decir lo mismo, tal vez. Contarme de lo que fuiste y lo que hiciste y lo que eras y lo que no eras, todo hasta ese día que recuerdas con claridad menos la fecha. El día en que una verdad se te presentó de frente, firme y soberbia. Como a mí hoy, pero eso ya lo sabías. Lo sabías desde que me viste entrar desde la esquina con las manos profundamente en los bolsillos y la mirada fija en el próximo paso. Lo sabes pero no te importa, tú también tienes tus problemas. De hecho ya pasaste por esto, ¿no? Conoces el perro sentimiento del arraste, arrastre de esa imagen que se repite y se repite y cada vez que se repite te sientes mal, y cada vez que se va quieres que se repita para buscarle la explicación, la línea. ¿Cómo llegaste a estar parado ahí? Sí, lo mismo me pregunto. No hay vuelta atrás una vez que uno empieza a caer. También lo sabes, cierto. Tal vez mejor que yo. En ese caso creo que soy yo el que debería estirar la mano, pero no lo haré porque las tengo muy heladas. Soy yo el que necesita la ayuda de esa mirada que tú tienes, tan humana y verdadera. Estoy temblando, como puedes ver, aunque el frío es sólo un factor despreciable en eso. Yo sólo vengo de pasada. Gracias por tu tiempo.
Fue la conversación de tres segundos más larga que tuve en el último tiempo.
#1 by caroline on 10/Jun/2009
Se extrañaban escritos como éstos…